BRASIL: Alucinante PANTANAL

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Hoy amanecimos en la estación del tren en Puerto Quijarro con el sonido característico de la bocina de este transporte ferroviario que alertaba nuestra llegada. Durante todo nuestro viaje desde Cusco hasta aquí hemos pedaleado varios tramos junto a las rieles del tren y hemos visto pasar mucho de ellos, tanto en el altiplano como en la región oriental, acá en Bolivia. Con Ernesto habíamos conversado sobre la experiencia que sería viajar algunos kilómetros en tren, lo que finalmente pudimos cumplir desde Robore hasta Puerto Suárez.
Estos últimos días en esta región soportamos una ola de frío y lluvia para la cual nuevamente usamos la ropa de alpaca que ya no imaginamos utilizar en el viaje, menos aún a los escasos 150 metros de altura de Puerto Quijarro.

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Es así que, luego de chequear nuestros pasaportes en las fronteras de ambos países, decidimos ir hacia Corumba -ya del lado Brasileño- para familiarizarnos un poco, cotizar el cambio a reales y regresar a dormir a Puerto Quijarro ya que, por lo avanzado de la hora, decidimos ciclear al siguiente día. Durante estos 8 kilómetros nos inundaba la emoción de ya estar en Brasil, si bien aún estábamos a 1500 km de su capital era ya un hito importante: nos encontrábamos en el país anfitrión de la copa del mundo. Conforme entrábamos en la ciudad, la gente nos saluda con efusividad y nosotros únicamente nos limitabamos a  responder Bom dia y obrigado (buenos días y gracias). Ese era todo nuestro repertorio en portugués y no entendíamos “ni jota” de lo que nos decían,  así que dimos una vuelta al parque y de inmediato regresamos a Quijarro a revisar y descargar traductores; una amiga Boliviana nos envió un documento con frases comunes para viajeros. El siguiente día lo pasamos con una que otra palabra  adicional que se sumaba a nuestro limitado portugués.

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Ya en Corumba, entre señas y portuñol, compramos chips para los celulares y empezamos a adentrarnos a la región del Mato Grosso do Sul. Conforme avanzábamos en la ruta, veíamos letreros que daban cuenta de que estábamos pasando una área protegida y anunciaban el cruce de animales silvestres. En esta vía pasamos dos días, habíamos averiguado que era desolada y no había asentamientos humanos por alrededor de 200 km a cada lado. La primera noche la pasamos en un pueblito pequeño que se encontraba a unos cuantos kilómetros a mano izquierda, allí armamos nuestra carpa. Al siguiente día, ya en la ruta, después de haber cruzado el río Paraguai, escuché un sonido entre los matorrales, alerté a Ernesto para observar y nos encontramos con una manada de pecaríes (sahínos) que caminaba entre la maleza haciendo sonar sus colmillos, retorciendo sus oscuros cuerpos en la maleza. Maravillado por este avistamiento tan cercano, avancé más lentamente y me quedé muy atrás en relación a Ernesto.

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En la vía se observaba varios jacarés (caimanes) atropellados que se confundían con los residuos de llantas desprendidos de la gran cantidad de camiones que circulaban. Más adelante a mi derecha observé los enormes Jabirus, unas aves muy grandes, características del pantanal, pero como se encontraban un poco distantes no pude fotografiarlos bien. Sin embargo, unos metros adelante observé una trocha y no dudé ni un segundo en dejar la bici en la carretera para adentrarme algunos metros. Avancé hasta que el cerco y el nivel del agua me lo permitían, saqué un par de fotos y, cuando me disponía a disparar la última postal, escuché un sonido a mis espaldas entre la hierba: en ese instante mi primera reacción fue quedarme pasmado e inmóvil, pasados algunos segundos me volví y tenía frente a mis ojos un caimán de un metro y medio aproximadamente, atravesado en ese pequeño sendero, que me miraba con el mismo asombro que yo a él. Transcurrían los minutos y ninguno de los dos reaccionaba, hasta que él giró ligeramente de dirección su cabeza, quedándose por un buen tiempo en esa posición hasta que lentamente me desplacé por la parte posterior de su cola y le lancé en su delante media mandarina que sostenía entre mis manos. Él apenas se inmutó. Al ver esta reacción, di unos pasos más y salí del sendero, asustado pero emocionado de haber vivido esos instantes de tanta adrenalina con la vida silvestre.  Levanté mi bicicleta que se había caído por el viento y continué mi recorrido. Más adelante, al cruzar un puente, observé cómo un Capibara se pegaba un chapuzón dentro del agua y luego dos venados que brincoteaban por un camino vecinal y se perdían entre la arcilla polvorienta que dejaba una camioneta a su paso.

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En menos de dos horas tuve la oportunidad de ver tantos animales que, en otras condiciones y en Ecuador mismo, tendría que adentrarme muchas horas al interior de la selva para poder hacerlo. Lo más sorprendente es que me encontraba en medio de una vía de primer orden llena de carros y camiones que se desplazaban entre Corumba y Miranda.

Eran casi las 3 de la tarde y Ernesto me esperaba en un control forestal que era la puerta de ingreso al Parque Nacional: una vía secundaria de más de 150km que también conectaba Miranda con Corumba y que en su interior contaba con algunas hosterías y haciendas ofreciendo servicios turísticos del grandioso Pantanal. Le indiqué un par de fotos a Ernesto y decidimos adelantar el día de descanso para adentrarnos en este ecosistema impresionante. Ingresamos y en la primera hacienda pedimos permiso para acampar.
Tan pronto amaneció, hicimos nuestro safari en bicicleta. Cada 4 a 5 kilómetros cruzabamos puentes de madera que eran sitios ideales para observar fauna. En sus orillas podíamos ver uno que otro caimán tomando los primeros rayos del sol ya que, al ser animales poiquilotermos (sangre fría), necesitan del calor solar para regular su temperatura. Varias bandadas de loros con diferentes matices de verde surcaban el cielo del Mato Grosso do Sul, era muy común ver tucanes que contrastaban su pico anaranjado con sus plumas negras. Más adelante, en plena vía, nos encontrábamos con una pareja de Capibaras que, pese a que nos acercamos demasiado para fotografíarlos, esperaron hasta que estemos a escasos 3 metros para que uno de ellos haga un sonido nasal como señal para lanzarse al agua y ponerse a buen recaudo.

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Así avanzaba el día, disfrutando del avistamiento y del contacto de la fauna silvestre. Nunca había observado tanta fauna de tamaño relativamente grande en un solo sitio, pese a que por mi profesión he tenido el privilegio de estar en varias zonas protegidas. Una de las conclusiones que saqué fue que estos animales, al ver que el hombre en este sitio no representa ninguna amenaza para su vida, no tienen ningún reparo en permitir que la gente tenga un encuentro más cercano a ellos.
Para terminar el día, al regresar a la hostería donde encargamos nuestro equipaje, observamos un armadillo que se cruzaba por enfrente de nuestras bicicletas y un caimán al costado de la vía que casi fue atropellado por Ernesto o, en su defecto, quién sabe Ernesto ser víctima de su reacción al sentirse atacado. Y para cerrar con broche de oro en el alucinante pantanal, sobre nuestras cabezas estaban dos parejas de guacamayos Arara azul, similares a los protagonistas de la película Río, que comenzaron a juguetear entre ellos con un cotorreo ensordecedor y luego abandonaron el árbol, perdiéndose en el horizonte y en el cielo naranja del ocaso de la tarde.

Terminado esta fiesta natural nos dirigimos a Campo Grande, capital de Mato Grosso do Sul, donde, para sorpresa de nosotros, al pretender sacar dinero del cajero electrónico, no pudimos hacerlo. Intentamos en otras máquinas,  incluso nos acercamos a una agencia bancaria, pero no pudimos solucionarlo. Con 4 reales en el bolsillo, nos dirigimos a los bomberos donde, por temas de políticas institucionales, no pudieron recibirnos pero nos ayudaron gestionando en un albergue para indigentes, donde pasamos la noche. Para no alargar el cuento, gestionamos el envío de dinero desde  Ecuador pero, al ser fin de semana, no podíamos retirarlo sino hasta el lunes siguiente. Así que negociamos en un hotel barato para dormir dos noches y cancelarle el lunes. Respecto a la comida lo solucionamos con un paquete de galletas y la solidaridad de la encargada del hotel que nos invitaba un plato de comida. Así terminan estos primeros días en Brasil: llenos de naturaleza, de un idioma algo extraño parecido al español que de a poco se nos va haciendo cotidiano y mucho mas fácil para podernos comunicar, con esa generosidad y alegría del brasilero que motiva a seguir conociendo su hermoso país que es mucho más que fútbol y zamba.

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3 comments

  1. Felicidades Amigos un sueño para todos quienes gustamos del ciclismo..disfruten de su exito que en el esta nuestros sueños…

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